La risa domina sus
pasos, los entrecorta, hace de su figura el cuello de un cisne. Se baja la
minifalda, solo un poquito y se dobla para calzar los tacotes y volver a reírse.
Camina rápido, casi tambaleándose, víctima de su risa… y sus tacos. Tacotes
altos, altísimos como el reloj de la Alcaldía, que es tan bonito, tan
brillante, colocado en un pedestal, por encima de los árboles, tan alto como la
Iglesia (¡lástima que ya no lo tengan en hora!). “¡Ji, ji, ji, ji, jijijiji!”,
se contoneaba al ritmo del tac, tac, tac, taconeos y las dos piernas esbeltas,
largas, bien formadas, apuradas. Se acomodó la cartera cuando pasó por el lado
de la vitrina de las muñecas de colección y pensó que tenía que tener una
pronto. Sí, la podía poner en el ropero o ponerla en la sala al lado del
televisor… No, se la regalaría a su
madre, que, ¡bendito!, hace tiempo que no le compra nada y le pide que la ponga
al lado del televisor y así… dos pájaros de un tiro. La risita vuelve líquida y
se tapa los labios, se los muerde y se desborda de placer. “Dicen que la risa
es tan buena como un orgasmo”, recuerda la voz del maestro –fortachón aquel– de Educación Física. Entonces, se ríe más duro. “¡Ji, ji,
jijijijijiji!”, con complicidad. Como cuando se disfruta que hizo algo
malo… “Besa aquí, besa aquí…”, vuelve y
recuerda. Respira profundo, se arregla el cabello y mueve la cabeza como si
saliera en un anuncio de esos de Shampoo. Bah, ni le importaría salir en uno de
esos de Head and Shoulders. ¡Te imaginas conocer a Oscar de la Hoya! No, el mío
también es Tito, pero de la Hoya está riquísimo como el alcalde, tienen la
misma sonrisita. Y vuelve el caderamen, la risa, se vuelve a encorvar y ríe,
ríe, ríe. “¡Ja, ja, jijiji!” La risa tan rica…
Justo al pasar frente al espejo se mira arqueando una ceja. Se mira las
últimas uñas que se hizo con Iris y se alegra de haber dejado de hacérselas con
Magi que era tan descuidada. Magi era el tipo de manicurista que hiere la
cutícula y usa unos químicos que apestan a demontre y total… cobra lo mismo que
Iris. Con Magi te haces las uñas y de paso tienes una prueba espiritual: cómo
dominar el dolor, la incomodidad, la peste, las cafres pelando a sus maridos,
las pubertas hablando de los novios… ¡y
el teléfono! De seguro vuelve a Magi, tal vez le ayude a encontrar su paz
interior. El cui cui cui le domina la espina dorsal y se sobresalta con el
sonido de la bocina, pii, pii, pi, pi, pipí, pipí… Nada le quita la risería, ni en High School
se reía tanto… Bueno, una vez, pero no
en sobriedad, no apurada, no caminando…
Mira al perrito, le coquetea, le tira hasta un besito. “¡Ay, qué lindo!”
Mua, mua, mua, mua, mua. “Tú eres un sato, satito”, la voz del maestro y la
clase de Matemáticas a la que siempre faltaba… por estar con él. Hasta favores
le hacía y con una disposición… “Siempre
buena pa los deportes. Todo tipo de deportes, todos y cada uno de ellos. Unos
más que otros pero… soy buena en los
indispensables.” Se sube el bustier, se acomoda los pechos y otra bocina. Es
que los hombres son unos frescos y esa noche hacían procesión con sus carros
niquelados, con el dundundún bien encendío. “¡Bien a fuego, muñeca!” Y es que
se va a morir de la risa, le va a dar un desgaste físico… Como a la hija de Antonia, que es anoréxica.
Empezó vomitando, pero le dio cargo de conciencia y ahora, no come. Es que esa
cosa de la Ética, lo complica todo. El viento, el sonido de las palomas
durmiendo… palomas, palomitas que vuelan con el piquito azul. Es que no dejará
de reírse nunca. Todo lo que le recuerda un pájaro, hace que se ría, que se
acomode la cartera, que dé tumbos contra la vitrina del que vende espejuelos,
que si supiera, si su mujer supiera…
“¡Pato, so pato!”, le gritan sin tocar bocina. Y comienza a aletear con
sus brazos, aleteando tan duro como podía y remenea más su cuerpo. Estalla en
carcajadas y sin perder tiempo: -¡Pato, no, cisne, cisne, mi vida!!-
vuelo, a veces lo siento y me lo creo y me veo a media sonrisa... volando
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