lunes, febrero 16, 2015

Mi abuelita


Yo quisiera hablar de las caderas de mi abuelita
Cuando caminaba parecía un baile
Me imagino a mi abuelita caminando por Santurce preguntándose
quién será el que pinta fantasmitas en las paredes.
Me pregunto ¿mi abuelita caminaría por la madrugada?

El del fantasmita un día se enamoró y llenó de corazones un mural, quise escribir una historia, recontar el romance que me relataban las paredes, hacerle poemas a esos fantasmitas que ahora se veían tan alegres. Pero como todo fantasma, desapareció, y así también mi historia… Lo que sí sé es que seguramente el que hace los fantasmitas los hace en la madrugada (¿la que hace los fantasmitas? –sé que es un él porque en una Convención supe que era hombre, pero olvidé su nombre; la cuestión es que no debe importar si fuese una ella… ¿o sí?).
Fantasmita de Guillermo Rosario Morales


Mi abuelita tenía los ojos como el cielo, esa era su mayor vanidad
Era bajita, muy seria y siempre llevaba el pelo corto
como los gnomos esos que usan tenis y gafas
Un día un escritor se tomó una foto con uno de ellos
y pensé que los gnomos eran un tipo de homenaje a la poesía.
El otro día vi al chico de los gnomos y lo saludé, finalmente sé quién hace los gnomos,
su novia de lejos se reía, yo me preguntaba qué se sentirá que tu novio sea conocido por sus gnomos. No importa, la gente siempre se conoce por algo y los gnomos se visten bien. Al chico de los gnomos lo acompañaba su novia, pero imagino que muchas veces él hace a solas sus gnomos y en esas que los hace, su novia seguramente también hará sus cosas y eso está bien.

Mi exhousemate Ana María dejó lo de las industrias pecuarias para ponerse a pintar animales rarísimos en las paredes. Mi abuelita lo único que escribía en una pared eran los números de bolita que quería jugar en la Plaza del Mercado. En esos momentos Yauco no tenía grafitis en ninguna parte. Probablemente mi abuelita se cuestionaría si Ana María hace sus pinturas acompañada, pero eso es mi abuelita que nació en la primera mitad del siglo pasado. Si mi abuelita hubiera conocido a su tocaya seguramente hubiese pensado que su elección profesional no tenía sentido.

Mi abuelita, Ana
Y es que mi abuelita era muy práctica, venía de una época en la que se cosía su ropa, mataba el animal que iba a comerse, y si había que serruchar, se hacía. Ella estuvo aguantando borracheras y escapadas de su marido, estuvo un año esperándolo mientras él estuvo en Nueva York.
Un día ella me tomó de la mano y la apretó: “qué me pasa, sé que es algo con la cabeza…”
Mami no quería que ella supiera lo del Alzheimer’s.
“Es que te estás poniendo vieja, lo que tienes es que estar tranquila.”

Mi abuela no me habló así de sincera nunca más, se quedaba mirando hacia afuera a través de la ventana, moviendo sus dedos muy de prisa. Desde ese día sé cuánto importan las palabras, las palabras sinceras, pero que respeten la integridad del Otro, de la Otra; nunca tuve la oportunidad de retomar esa conversación, de decirle a mi abuelita lo que realmente le pasaba… no la traté como quiero que me traten a mí.

Me gustaría que el de los fantasmitas regrese y pinte las paredes de detrás de mi casa. Así cuando yo mire por la ventana, veré sus fantasmitas y pensaré que aún sigue por ahí y que una vez estuvo enamorado. Lo más seguro sus dibujos me distraigan, me hagan pensar en que es posible un mundo más colorido, más humano y más digno, aunque sea en realidad un fantasma dibujado.

Si mi abuelita leyera hoy que Ivania fue atropellada y que se cuestionó qué hacía a esas horas “de la madrugada” cruzando la calle, seguramente se hubiese preguntado lo mismo… para el tiempo de mi abuelita las mujeres tenían que soportar muchas, muchas cosas; se guardaban temprano y seguramente estaría espantada. “Ten cuidado, nena”, me diría asustadísima porque creía que los espantos de los noticiarios estaban siempre merodeando para atraparte en un segundo descuidado. Esos eran los verdaderos fantasmas que veía mi abuelita: los chismes del periódico, la violencia contra la mujer, para ella eran fantasmas que no podían tocarse, pero asustaban y hacían daño, casi como en las películas de fantasmas en las que las mujeres terminan muertas, asesinadas, tiradas en el piso.

Ana María ha viajado el mundo pintando las paredes con peces atolondrados, personas de cuellos larguísimos y casi siempre ha estado rodeada de artistas varones… mi abuelita estaría, insisto, extrañada, pero la pobre nunca en su vida siquiera pronunció la palabra ‘género’. Seguramente asociaría esta palabra con herejía o aberración, no porque fuese fundamentalista, sino porque sería lo que le pintarían en los programas de quinta con los que se entretenía, porque para ella había una división desigual y eso era lo normal.

Hacer grafitis es algo que por lo general se hace “a las tantas”, como diría mi abuelita. Seguramente Ana María con su dulzura y su talento habrá tenido que bregar con abrirse espacios en ese mundo en el que las hembras no pertenecen, de acuerdo con algún discurso de esos que formaron a mi abuelita. El gran fantasma del mundo hombruno es esa carencia de lo justo, esa hambruna del afecto y es el efecto de un sistema que no atiende estos asuntos.

Mi abuelita vestía de negro y lila, guardó luto los 22 años que la conocí en memoria de su esposo Monchilo. Veneraba el fantasma de mi abuelo, como aquel que estaba grafiteado en el muro y decía “te amo por siempre”. Mi abuelita hacía todo sola, pero no salía de noche… para ella ese mundo no le era conferido a las mujeres. Cuántas cosas pudo haber hecho mi abuelita; pudo haber sido mi abuelita, si al menos hubiese sentido esa libertad de caminar a la hora que quisiera y con o sin quien quisiera…

Mi abuela martillaba, taladraba y si podía, hasta ella misma arreglaba el baño. Su pelo cortitito, tipo pixie vintage, hípster, you wish you have that style, a veces me hacía pensar en ella media andrógina –digo, cuando era niña. Luego descubrí que el género va más allá y está más acá.

Ivania Zayas
Y es que el fantasmita de la falta de perspectiva de género merodea y aparece cuando menos lo imaginamos, cuando yo evoco memorias formativas o cuando un teniente imbécil y mal educado decide investigar qué hacía una mujer y con quién estaba, en vez de colaborar con fiscalía para que el causante de su muerte sea declarado culpable y pague el oprobio de atropellar y dejar en manos de la muerte a una mujer que cruzaba la calle a la 1 de la mañana…

Estoy segura de que mi abuelita estaría más consternada con la razón (o sinrazón) que lleva a un ser humano a accidentar y dejar a su suerte a otro. “No te confíes de las noticias”, le diría a mi abuelita; “no te confíes de la justicia”, estoy a punto de decirle a mi hijo en lo que le pinto las uñas de azul.

Mi hijo un día le dijo a un amiguito: “Eso es como si yo fuera mujer y me casara con otra; sería raro, ¿no?... Pero no para mí”. Doy fe que mi hijo en situación semejante (en la que un hombre atropelle a una mujer a altas horas de la noche, la mata y huye) lo más seguro intente descubrir quién se fue a la fuga y por qué. Seguramente mi hijo se encargue de consolar a la familia y de homenajear a la víctima de esa barbaridad. Me lo imagino explicándole a mi abuelita que es que ni importa lo que la mujer hacía, sino que importa cómo un ser humano es capaz de atropellar a otro y no intenta siquiera ayudarlo. Ojalá los fantasmitas fuesen solo esos que se pintan enamorados en las paredes; los verdaderos fantasmas nos asustan a diario y hay que encararlos a todos ellos porque una vez tuve una abuelita que se había creído el discursito y no puede seguir habiendo gente que se lo crea.

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Publicado en Revista Cruce http://revistacruce.com/politica-sociedad/mi-abuelita.html

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