Ay, ay, ay, que el esclavo fue mi abuelo
es mi pena, es mi pena.
Si hubiera sido el amo, sería mi vergüenza
Hoy, precisamente, puedo apropiarme de las palabras de nuestra poeta nacional para honrar a mi tía, nuestra heroína nacional:
Ay, ay, ay, que estuviera presa
fue mi pena, fue mi pena.
Si hubiera sido la opresora, sería mi vergüenza
Y sí, fue mi pena, así en pasado porque por muchos años estuve privada de tener una relación con ella. Mi padre, su hermano, fue víctima del cistema colonial como todes y siempre he pensado que la represión le cobró factura en esos años en que mi tía era prisionera política y de guerra porque estuvo distanciado de ella por muchos, muchos años. Sin entrar en apologías ni en explicaciones o justificaciones largas, no fue hasta que tuve 16 años que obtuve su dirección y le escribí. Cuando le llevé a papi su carta, nunca lo vi llorar con tanto sentimiento. Creo que en ese momento mi padre internalizó lo terrible y desgarrador del monstruo que nos oprime. En las exequias de mi padre, mi tía lo despidió con elocuencia y amor, y me pregunto si en algún momento le conté a ella lo de ese llanto al poder reencontrarla después de tanto tiempo. Ir conociendo a Dylcia a través de las cartas, desarrollar una relación en la que ella me aconsejaba y me contaba de su vida y de sus cosas, dejó de ser mi pena y se volvió en mi orgullo.
Entonces, años después, Dylcia llegó a Puerto Rico y hacía los parties más nítidos a los que he ido; porque aparte de su capacidad como oradora, artista y de su compromiso por la independencia de nuestro archipiélago, mi tía era una fiesta. En eso se parecían ella y mi hermana, a quien aún duelo, y me parece que la última vez que compartí en una fiesta con mi hermana fue en el cumpleaños de Dylcia hace años ya. Las imagino a ambas, a Dylcia y a mi hermana, Tammy, alocadas, hablando bien alto, riéndose, cantando y haciendo chistes. Ellas eran la fiesta en mi familia.
Había algo extraordinario en mi tía —ay, ay, ay, es mi orgullo, es mi orgullo: esa dulzura con la que se acercaba a la niñez y a los jóvenes; esa esperanza y optimismo con los que decoraba su mirada sobre la gente y el futuro… Era tan divertida, tan intensa, tan regañona. ¡Qué mucho me regañaba! A veces sin razón, pero con esa sabiduría de quien puede con todo, sabe de todo y un poco más. Dylcia también cultivaba su espiritualidad, no solo desde el sincretismo de sus prácticas, sino también desde sus piezas de arte en las que retomaba lo ancestral indígena y afrocaribeño (siempre quise hacer alguna con ella y no pude). Era una mujer legión que se rodeaba de personas maravillosas que la querían muchísimo. Su rabia, cariño y dedicación siempre me parecieron magistrales. Fueron tantas las conversaciones en la playa que se nos quedaron pendientes, tantas cosas que quería hacer con ella…
Hoy Dylcia es de todos y es raro eso de verla como persona histórica porque para mí siempre será esa tía estruendosa, regia, colorida, imponente, a la que le encantaba la música; esa tía artista nuyorican que me enseñó qué es libertad: esa que reina al mirar desde el amor. Veo en sus nietas y en mi primo, Ernesto, su mirada y me repito “son mi orgullo, son mi orgullo”. Dylcia vive. Ashe…
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