It's unfortunate what we find pleasing to the
touch and pleasing to the eye is seldom the same.
Pulp Fiction
Julio César Pol consigue, a través de un
renovado espacio poético, cincelar y desacreditar la imperfecta materia, el
equívoco pensamiento que no acepta, y más que aceptar, que no tolera la
diversidad humana.
Miladis
Hernández Acosta
Debo apreciar los
momentos en los que un libro me planta un espejo. Debo reconocer que cuando
esto ocurre no siempre es placentero. Debo aceptar que leer(me) y ver(me) como
objeto “titeretil” de todo un discurso normativo no se siente bien. Debo
confesar que casi nunca leo las contraportadas de los libros, pero cuando leí a
Katia Chico en la contraportada de Mardigras
de Julio Cesar Pol: “Un libro en el que la gula y la lujuria se pasan a la
lista de las virtudes,” todo me hizo clic. Entonces releí el libro llena de
admiración, agradecimiento y deleite.
Mardigras nos ofrece una lectura muy
transgresora (y yo que creí que esa palabrita no la volvería a usar) de los placeres
primitivos o primarios; una lectura refrescante que es digna de ser devorada
con la pasión de la gula, y medida siguiendo la simetría perfecta del círculo.
Es un poemario exquisito, fresco, crudo, de sabores fuertes, muy fragante… un
poemario sexi, sugestivo... La voz poética anuncia:
Los
que van a ser amantes
se
citan a cenar
La
gente sale y se conoce
como
un rito previo al sexo (72)
Eso mismo obtenemos de Mardigras, un carnaval de opulencia y
erotismo; y allí, la mirada delimitante y “purificante”[1]
del discurso normativo se subraya y violenta.
Como un banquete romano[2]
cuidadosamente seleccionado, el texto se nos presenta en una serie de 6 platos,
y el séptimo, la sobremesa –esa borrachera dirigida por la voz poética–, surge
del propio festín entre el lector y los versos. Así mismo, cada plato viene
cargado con una serie de manjares sensualísimos con los más diversos sabores:
ironía, humor, erotismo, alegría, preocupación, reafirmación, ansiedad, amor...
Asertivamente “La robustez en la silla” nos sirve de apertura/asiento a un nuevo
universo poético (el banquete) que toma el cuerpo por los pliegues, que nos
habla de los placeres del gusto como un sentido superior a la propia vista. Parte
del escenario familiar como espacio en el que se originan los placeres
suculentos, pero que al mismo tiempo surgen en medio de incongruencias
agridulces. Ese contrapunto de sabor también se nos presenta por medio de una
lectura de los roles asociados al género en los que el núcleo familiar sienta
las bases de ese aperitivo que nos brinda el goce. Declama:
Mi madre
me mostró el olor de cada especia
en la fricción de sus dedos
la esfera púrpura de su boca
me enseñó con disciplina
la poesía (17)
Hay una
vinculación entre la poesía y la cotidianeidad de la cocina que nos invita a
comer, a saborear, a olfatear y a jugar con las concepciones arraigadas en
estándares normativos insípidos.
Ya en “La perfección del círculo”, como segundo plato, vemos
denuncias a ese sistema normativo limitante. Como para limpiarnos el paladar,
el poema “En tierra firme” enuncia:
Y Dios me hizo obeso
guardando un propósito divino:
el que no flotara
por encima de los mortales.
Este
plato/segmento nos lleva a revisar las nociones representativas y filosóficas
de lo que es el ser-en-el-mundo. Ante el opuesto escritor “muertodehambre”, la
voz poética advierte:
Desconfía
Porque su falta de mesura [la del
poeta obeso]
Es su intención (33)
Así este
segmento establece alianzas poetizadas con la otredad que nos llevan a enfrentarnos a esa mirada purificadora
con la que hemos sido bombardeados por la industria de la moda y de la
medicina. A pesar de ser desidia el dictamen del poema “La tríade”, se nos
explica:
Pero no [el gordo, el malo y el feo]
No quisieron abandonar su condición
rebelde
No quisieron rendirse a la promesa
Y así
haber disfrutado del confort
de una vida liviana
de molde
toda ceñida
normal (36)
Dicha liviandad
se contrapone al peso de ese poeta que requiere de una silla robusta, que es un
Obrero de la palabra
atrincherado
no por lo que le falta
sino por lo que sobra (32)
El
banquete cobra seriedad por el cinismo y el sarcasmo que nos hace conscientes
de un discurso opresivo como una faja.
Ante dicha opresión, “Odas a las indulgencias” revierte
las acusaciones y señalamientos a la obesidad en el discurso histórico por
medio de una suerte de aforismos brevísimos muy exquisitos. Así como los
platillos gourmet, la voz poética nos brinda metáforas y analogías que
muestran vulnerabilidad y al mismo tiempo resultan agresivas por lo que nos
reflejan como humanidad. “La doble tarifa” tiene esa cualidad picante y rancia
de un platillo fuerte:
El
postre te reconfortará de la reprobación
de
la mirada evasiva del hombre
que
espera en la barra
del
aullido turbio de la burla en la acera (51)
El hedonismo hace un eco de todo aquello que busca
mantener un control normativo: “Yo escogí de todas las salidas/ la placentera”
(53).
“Los gustos no se disputan” es el cuarto plato que, partiendo de lo
institucionalizado por el rigor eclesiástico y médico como juego conceptual, nos
alivia de la sensación abrumadora de lo normativo. Nos invita seductoramente al
espacio sensorial de un banquete que le rinde tributo a la gula. Así cerramos
los ojos cuando queremos verdaderamente aprovechar el gusto y el tacto, cuando
queremos elevarnos en placer, y dejamos de ver las cosas según los supuestos y
las empezamos a ver según las degustamos. El gusto se respeta.
Luego, “El entremés oculto” hace hincapié en lo erótico, se
aleja del círculo para reírse de la línea. Nuevamente a través del humor y de
imágenes ingeniosas se nos limpia el paladar para pasar a catar nuevamente
sabores picantes. La subversión es la sazón del plato. Comienza con el poema
“César” que juega con lo genérico y lo gustativo:
Ella robaba de su corona
los laureles
para el guiso (71)
De allí
los poemas deconstruyen las precepciones de lo sexi, nos muestran escenas muy
eróticas y amorosas; y cargan de sensualidad los cuerpos obesos
Déjate de bobadas
La flacidez
Es una aventura renacentista (80)
También
muestran preferencia por la mujer gorda. “Nirvana en celo” es un poemazo que
elegantemente seduce y conquista:
Yo al contrario
deliro en cada uno de tus kilos
No cambio lo más por lo menos
Hago de tus estrías
árboles relámpagos
líneas tórridas de celo (88)
Esa mirada amorosa y juguetona que acepta y degusta la gordura como
manjar se va repitiendo en varios poemas que revisten de erotismo el cuerpo de
la mujer obesa, desdeñado y ridiculizado en otros contextos y hasta penalizado
por discursos de poder. Precisamente esta lectura nos muestra esas limitaciones
que en muchos sentidos (sobre todo el de la vista) despropian a la gente de su
integridad y de su goce.
Finalmente, “La pantorrilla gruesa” relee los cuentos
tradicionales y los recarga de erotismo. Esta parte del banquete nos invita a
releer y reescribir todos esos discursos de modo que el placer y la dulzura,
sean de buen gusto, esto es que se asienten en el placer del sabor, del sentir;
de la degustación. Este poemario es un buen banquete que cierra con retoques a
ese mundo recreado e inventado; que nos permite vernos con los ojos cerrados,
pero con el gusto (el buen gusto que ya mencioné) y el sentido del tacto
elevados. Así como con vendas en los ojos, vemos, realmente vemos, realmente
saboreamos, realmente sentimos… La vista es un sentido sobrevalorado y las
nociones estéticas asociadas al cuerpo deben ser revisitadas y cuestionadas
porque son otro cuento más. Debo
aclarar que no es una cuestión de no ver en un sentido de enajenación, sino que la cosa de cerrar los ojos y de no
sobrevalorar la vista es una propuesta de búsqueda para cambiar esa mirada
arbitrada por los discursos normativos. Tampoco es que se descarten
del todo las preocupaciones por la salud[3],
es que se debe gozar el cuerpo como sea, se debe degustar la vida con gula.
Miladis Hernández Acosta afirma en su reseña: “En este poemario preludia
una acertada confrontación ideoestética, una trabajada contención de hipótesis
y una lograda síntesis para obsequiarnos con –paladeable– inteligencia otras flores
del mal, otra invasión de ese Universo que con mucho recelo –negamos–”
(en línea). Ciertamente debo apoyar este planteamiento: yo viví esa
confrontación, vi frente un espejo/libro/banquete ese Universo… pero lo degusté
con delicia. Ahora la invitación se la extiendo a ustedes. [4]
Referencias:
Bauman, Zygmunt. La
posmodernidad y sus descontentos. Cristina
Piña Aldao y Marta Malo de Molina Bodelón (trads.).
Madrid: Akal, 2001.
Hernández Acosta,
Miladis. “Mardi gras. Materia forzada:
intelequia.
Para descender en lo amorfo”. Poetas del
cinco (en línea).
Pol, Julio César. Mardigras. San Juan, Santo Domingo: Isla
Negra, 2012.
Ramos, Javier. “Banquetes romanos; auténticos
festines”.
Arquehistoria.com (2012)(en línea).
[1] Zygmunt Bauman en La postmodernidad y sus descontentos (2001) analizó el concepto de
pureza e impureza para referirse a las nociones de identidad cultural, como lo
considerado impuro se higieniza o descarta hasta lograr el sentido de pureza;
extendemos estos preceptos a las nociones de lo considerado estético y hasta de
las nociones de lo salubre.
[2] Javier Ramos en “Banquetes romanos; auténticos festines” explica: “Los grandes banquetes se componían de siete platos ofercula. Para abrir boca se
comenzaba con los entremeses (gustatio),
compuestos por alimentos ligeros. A continuación se servían tres entradas y dos
asados que saciaban a los más hambrientos.
Los postres (secundae
mensae) invitaban a los presentes a trasladarse de lugar para
degustar el vino. Una vez terminada la cena se comenzaba la commissattio,
una especie de borrachera protocolaria que consistía en beber las sucesivas
copas de un trago siguiendo las instrucciones de la persona que la presidía”
(en línea).
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